Artificial versus natural.
El estudio marplatense Moirë diseño una vivienda de 90m2 con fuerte presencia. Cómo aprovecha las visuales sin perder su compromiso volumétrico. La casa Pianola es un volumen único, esencial. Una provocación de artificialidad en el paisaje natural y sin embargo, una manera de acercarse de otra forma al jardín. En sus escasos 90 m2, resume lo mínimo de una casa y su máxima jerarquización como objeto.Está enclavada en La Caleta, un barrio cerrado de la Costa Atlántica, Provincia de Buenos Aires. Se trata de un prisma primitivo que muestra su sencillez sin pudor y sólo obtiene ritmo y variación con la alternancia de planos verticales y llenos, más un uso homeopático del color amarillo, contrapuesto al blanco que domina la escena general.Para sus autores, la envolvente es la clave del proyecto. “Entendemos la fachada como un elemento que favorece la interacción con el entorno y actúa como regulación del contacto con el exterior”, explica Ezequiel Muñoz, titular del estudio Moirë y autor de la obra junto a Mariel Cámara.
La explicación de estos jóvenes arquitectos se comprueba en los hechos: la fachada regula las visuales, las ventilaciones y la iluminación a través de esa alternancia de llenos y vacíos. Ese contrapunto hizo que los autores relacionen el frente de la casa con el teclado de una pianola, de allí su nombre.
Pero los aventanamientos verticales buscan algo más que ritmo, proponen una visión amplia del entorno desde el interior. “La proporción vertical de las aberturas permite apreciar el paisaje natural en forma completa, es decir que se puede observar verticalmente el paisaje completo, desde el suelo del parque hasta la copa de los arboles fundiéndose con el cielo”, aseguran Muñoz y Cámara. Pareciera que estos marplatenses descubrieron virtudes entendibles y no temen alejarse del arquetipo arquitectónico que proponen las típicas aperturas horizontales de Movimiento Moderno.


La síntesis buscada.
Por otro lado, para Muñoz y Cámara, la alternancia de llenos y vacíos, opacos y translúcidos, luces y sombras, no es lo importante, sino que en los diferentes momentos del día, se puede observar una transformación de la fachada y de esos pares de opuestos según sea la incidencia del sol.Los profesionales del estudio Moirë obtuvieron distintos premios y distinciones a lo largo de su corta carrera profesional. Entre los más destacados se encuentran: Mención en el Concurso Ibretoamericano Ideas en la red, en el marco de la Bienal de Arquitectura de Lisboa; el primer premio en el Concurso CEDU-CAYC de diseño para la construcción de una Escuela Rural en el Norte argentino y una mención especial en el edificio de oficinas para Telpin, la cooperativa telefónica de Pinamar.Para el estudio Moirë, la síntesis parece ser un recurso estético, pero también funcional y económico. Sus proyectos se caracterizan por la búsqueda de una imagen clara comprometida con el contexto. Los arquitectos aseguran que para diseñar la casa Pianola estudiaron sus diferentes funciones y analizaron la relación que debían tener entre sí y con el entorno natural. “El foco de atención estuvo centrado en el área pública de la casa, la que se resuelve con un único ambiente (interior-exterior) contenedor de las relaciones sociales”, aseguran y agregan que la depuración del proceso constructivo aportó también a la síntesis buscada.El planteo longitudinal, del proyecto permite una relación directa de todas las áreas con el entorno verde y, por otro lado, logra que toda la estética diferencie fuertemente a la vivienda de la naturaleza circundante. A estos fines, los diseñadores dispusieron de varias estrategias proyectuales: por un lado, separar levemente el solado del parque con una buña por debajo de la platea, formando un escalón que determina donde gobierna un universo y donde empieza el otro. A su vez, una viga perimetral reconstruye el volumen primario marcando el borde de la expansión exterior del living (la que tiene una infaltable parrilla). Con esos recursos, el volumen encierra sus áreas exteriores y la casa parece un barco que navega en un mar de césped, se separa del suelo, se desentiende de la relación con el terreno, como si se tratara de un plato volador que aterrizó en el barrio cerrado o de una maqueta uno en uno fabricada en un taller.El discurso de la artificialidad no evita disfrutar de lo natural, como un bote no impediría darse un chapuzón en el mar.

Miguel Jurado. Editor Adjunto Suplemento Clarín ARQ.